Uno de los fenómenos de la era en
que vivimos es la manera en que la iglesia ha sido infiltrada por la
psicología secular. En contradicción a 2 Timoteo 3:16-17, la Biblia ya
no es considerada como suficiente como base para el aconsejamiento.
Necesitamos psicoterapia. Ya no se confía en el Espíritu Santo para
que produzca los necesarios cambios en las vidas de los creyentes. Los
ancianos ya no son competentes para orientar.
Tienen que enviar a su gente a un
terapeuta profesional. Esto a pesar del hecho de que Dios
nos ha dado en la Palabra y mediante el Espíritu todo lo necesario para
la vida y la piedad (2 Pedro 1:3). Durante
generaciones, los cristianos llevaron sus problemas al Señor en oración.
Ahora han de llevarlos a un psiquiatra o a un psicólogo. A los jóvenes
ya no se les apremia a que prediquen la Palabra. Ahora el lema es «Practicad
la orientación psicológica».
La orientación profesional ha
llegado a ser una vaca sagrada hasta tal punto que alguien saldrá
inevitablemente en su defensa. ¿Qué es lo que está tan mal con ella?
daré a continuación once puntos por los que está mal.
1. La atención de la persona es
dirigida al Yo en lugar de a Cristo. Este es un fallo fatal. No
hay victoria en el Yo. El autoexamen no es una cura. Los buenos marinos
no echan el
ancla dentro del barco. Necesitamos a Alguien mayor que nosotros mismos,
y este Alguien es Cristo. Más tarde o más temprano debemos darnos
cuenta de que nuestra ocupación con Cristo es el camino a la victoria
en la vida cristiana (2 Corintios 3:18).
Ibsen, el dramatista noruego,
cuenta acerca de una visita que hizo Peter Gynt a un hospital psiquiátrico.
Toda la gente parecía normal. Nadie parecía loco. Hablaban muy
razonablemente acerca de sus planes. Cuando Peter le mencionó esto a un
médico, éste le dijo: «Están locos. He de admitir que hablan de
manera muy racional, pero todo es acerca de ellos mismos. Están, de
hecho, muy inteligentemente absorbidos en su Yo. Es el Yo —mañana,
mediodía y noche. No podemos apartarnos del Yo aquí. Lo arrastramos
con nosotros, incluso en nuestros sueños. Ah, sí, joven, hablamos de
manera racional, pero estamos bien locos.»
2. La psicología moderna se basa
en sabiduría humana, no divina. Es la opinión de los hombres en lugar
de la autorizada Palabra de Dios. La variedad de opiniones humanas se ve
en el hecho de que hay más de 250 sistemas de psicoterapia y más de
10.000 técnicas (incluyendo una para ayudar a tus animales domésticos),
y cada una de ellas pretende la superioridad sobre las demás.
Dice Don Hillis: «Esta tendencia
conlleva al menos un elemento de peligro: el razonamiento humano toma el
puesto de la Palabra de Dios para la resolución de los problemas
emocionales y espirituales. Las respuestas racionales ... que no estén
basadas en principios espirituales pueden dar un alivio temporal, pero a
su vez pueden resultar desilusionantes y perjudiciales.»
3. Muchos, y probablemente la
mayoría, de los problemas por los que la gente busca consejo tienen su
causa en el pecado: matrimonios rotos, familias rotas, conflictos
interpersonales, ansiedad, drogas, alcohol, y algunas formas de depresión.
Para estos problemas no necesitamos el diván, sino la Cruz. Sólo el
Salvador nos puede decir: «Tus pecados te son perdonados; ve en paz.»
4. La orientación moderna se
dedica a la desviación de la culpa. Al pecado se le llama enfermedad. O
está causada por el ambiente de una persona. Se les echa a los padres
la culpa por la conducta inaceptable de los hijos. Como resultado, se
libera a la gente de la responsabilidad personal. John MacArthur habla
de una mujer que dijo que tuvo un problema durante años con fornicación
compulsiva: «El consultor sugirió que su conducta era el resultado de
unas heridas recibidas de un padre pasivo y de una madre imperiosa.»
Henry Sloane Coffin valoró la
situación de manera penetrante: «La actual psicología añade ...
coartadas morales. Los hombres y las mujeres se hacen analizar, y
encuentran emancipación en el destierro de los feos nombres que una
religión vigorosa daba a los pecados, y en la asignación de nombres
sin sugerencia de culpa. Son mal ajustados o introvertidos, en lugar de
faltos de honradez o egoístas. Un padre de edad madura se cansa de su
mujer y se enreda con una mujer que tiene la mitad de su edad, y un
terapeuta le dice que está sufriendo de «un espasmo de re-adolescencia»,
cuando se le debería confrontar con el mandamiento «no adulterarás».
5. La psicoterapia obra de manera
directamente contraria al Espíritu Santo al enfatizar la importancia de
una buena autoimagen, de un caso sano de autoestima. El Espíritu Santo
está tratando de llevar a los pecadores a la convicción del pecado, y
llevarlos al arrepentimiento. Está tratando de restaurar a creyentes
desviados y llevarlos a la confesión. Cualquier autoestima que no esté
basada en el perdón de los pecados y en la posición del hombre en
Cristo es falsa hasta la médula.
6. Luego tenemos, naturalmente, la
faceta financiera. James Montgomery Boice comenta: «De modo que en
nuestros tiempos tenemos el fenómeno singular de gente que pagan a
otras personas para que les escuchen, que es de lo que tratan las
profesiones de psiquiatría, psicología y consejería. La consejería
es un negocio millonario en dólares.
Pero la realidad es que en la
inmensa mayoría de los casos no se trata de que los consejeros orienten
o aconsejen a sus consultantes. Básicamente, todo lo que hacen es
escuchar. Se les paga para hacer lo que en tiempos pasados otras
personas hacían voluntariamente.»
Cuando una señora se quejó de
que en veinte años de acudir a un psicólogo no había recibido ayuda,
una amiga le preguntó: «¿Has ido alguna vez a la iglesia en busca de
ayuda?»
«No. Todo lo que la iglesia
quiere es tu dinero.»
«¿Cuánto le has pagado al psicólogo?»
«Le he pagado 60 dólares a la
semana durante estos veinte años, y esto con un salario mensual de 2400
dólares.»
Sesenta dólares por semana
ascienden a 240 dólares al mes. La décima parte de sus ingresos.
Estaba pagándole el "diezmo" a su consejero, pero no estaba
dispuesto a "diezmar" para la iglesia. Y admitió que no había
mejorado nada por ello.
Otra mujer objetó a lo que
llamaba el doble estándar de su analista. «Durante seis años fui a
ver a mi analista cinco veces a la semana y me privé de muchos de los
pequeños extras de la vida, como vestidos bonitos y vacaciones, para
poder pagarlo. Pero cuando enfermaba y perdía una sesión, pasaba algo
extraño. Mi analista insistía en que mi enfermedad era una especie de
venganza psicosomática — que estaba subconscientemente resistiéndome
al tratamiento. Naturalmente, siempre tenía que pagar. Pero cuando se
iba para su acostumbrada vacación de un mes entero en agosto, dejándome
a la deriva, sola y llena de pánico con muchos conflictos sin resolver,
se suponía que yo tenía que entender cómo sus vacaciones no interrumpían
el análisis.»
Rollo May, una voz líder en la
profesión desde sus comienzos a principios de la década de 1950,
lamentaba que la psicoterapia hubiera sucumbido al afán de lucro y a
las «añagazas». «La psicoterapia,» dice él, «se ha convertido en
un negocio donde tienes clientes y ganas dinero.» Muchos que practican
esta profesión afirman que para ser eficaz, el tratamiento debe
constituir un sacrificio económico para el «paciente». Éste no lo
respetaría si fuera una ganga. No hay para extrañarse de los chistes
que hace la gente:
Un neurótico es uno que construye castillos en el aire. Un psicótico
es aquel que vive en ellos. Un terapeuta es el que cobra el
alquiler.
7. A veces los hay que pagan una
pequeña fortuna para ser analizados cuando lo que necesitan es un médico
normal. Durante dos años de orientación, un autor se quejaba de que
cuando trataba de leer se le nublaba la vista. El terapeuta le contestó
que «la incapacidad para concentrarse era un síndrome típico en
personas con ansiedades flotantes.» Encontrando difícil ganar dinero
suficiente para pagar al psicólogo, el consultante se fue a ver a un
oculista. Éste le sugirió que un par de gafas graduadas le curarían
el síndrome. Se lo curaron.
8. Los consejeros cristianos
pretenden refundir las mejores percepciones de hombres irregenerados
como Freud, Rogers, Maslow y Jung con enseñanzas de la Biblia. Es una
unión impía. En un congreso sobre consejería cristiana en 1988, Jay
Adams dijo: «Con todo mi corazón os apremio a abandonar la tarea
infructífera a la que he aludido: el intento de integrar el paganismo y
la verdad bíblica... Pensad en los millones de horas, y en que más de
una generación de vidas ya han sido gastadas en esta tarea sin
esperanza.
¿Por qué no hay resultados discernibles? Porque sencillamente no es
factible... El aconsejamiento tiene que ver con cambiar a la gente. Y ya
sabéis, esto es cosa de Dios.»
9. Ni en la mayor parte de la práctica
del aconsejamiento cristiano se acepta ni siquiera la
oración como «técnica» viable. Como mucho, se tolera. En el peor de
los casos se descuida. Pocos terapeutas cristianos pasan un tiempo
significativo orando con sus consultantes.
¿Hemos de creer acaso que la
oración tiene sólo una importancia marginal para contender con los
problemas de la vida? ¿Acaso hemos estado equivocados todos estos años
al creer que si cumplimos las condiciones de Dios, Él dará respuesta a
nuestras oraciones?
10. En muchas iglesias, el
ministerio es psicología con un ligero barniz de fraseología bíblica.
La gente va a buscar pan, y recibe una piedra.
11. Para decirlo sin ambages, la
psicoterapia no ha resultado eminentemente eficaz, y en muchos casos ha
sido dañina.
En años recientes, algunos
valientes autores cristianos han levantado señales de alarma acerca de
toda el área de la consejería psicológica. Por ejemplo:
de
psicoterapia es un error.»
El doctor Hans J. Eysenck,
profesor de psicología en la Universidad de Londres, descubrió que
entre el 66 y el 77 por ciento de los «pacientes» neuróticos se
recuperarán o mejorarán en gran parte con o sin psicoterapia. La
mejora es espontánea.
O. Hobart Mowrer, profesor de
psicología en la Universidad de Illinois, dijo: «Al ir desgranando el
reloj de la historia las décadas de este siglo, hemos descubierto
gradualmente que el gran postulado de Freud, esto es, que toda nuestra
conducta puede ser achacada a otros y que la meta de la vida no es
actuar moralmente, sino liberarnos de culpa, nos ha hecho caer de la
sartén al fuego.»
La pretensión de que la
psicoterapia tiene una gran proporción de éxitos no está basada en
hechos. En el estudio de Cambridge-Somerville, delincuentes juveniles
potenciales que recibieron orientación psicológica resultaron peores
que el grupo de control que no había recibido orientación.
También se debería observar que
en la psicoterapia se da un efecto psicosomático o de placebo. «Una
intensa expectativa de mejora, alimentada por la promesa del terapeuta
de que puede tratar el problema de manera eficaz, lleva a una sensación
de buenos resultados y de encomio entusiasta, aunque no hay un cambio
real.»
Así que, ¿cuál es la conclusión?
La conclusión es que «un gran movimiento revolucionario que prometía
explicar en términos científicos todas las enfermedades neuróticas y
curar muchas de ellas» ha fracasado en su intento. Y en tanto que
muchos profesionales seculares están admitiendo que hay una práctica
inexistencia de éxitos dramáticos y de curaciones, la iglesia evangélica
se está apiñando más y más en torno a la psicoterapia, en lugar de
en torno a la Biblia, como la brillante panacea para las tensiones,
ansiedades y otros problemas.
Citando de nuevo a Don Hillis: «Quizá
sea ya el momento para que la iglesia haga un cierto examen de
conciencia acerca del hecho de que personas religiosas estén volviéndose
más a los psicólogos y psiquiatras que a la iglesia en busca de ayuda.
Quizá alguien debería inquietarse cuando la juventud cristiana piensa
que pueden hacer más por la humanidad como psicólogos y psiquiatras
que como pastores y evangelistas. Quizá un examen renovado del Libro
revelará una psicología espiritual que proveerá respuestas
espirituales a las necesidades emocionales y mentales del pueblo de Dios.»
Hay lugar para la orientación,
pero ha de ser orientación bíblica. No debe desplazar la Biblia, ni al
Espíritu Santo, ni la oración. No debe proveer excusas para el pecado
ni aligerar a las personas de su responsabilidad personal.